Relato de Jerónimo del Río, Un diario, que está contado en primera persona, un diario de veinte años de historia, enlazados principalmente en las voces de una interminable lista de personas que acompañaron los dolorosos años de su vida. Sin pretensiones y más que nada como un relato cronológico de como destruye la vida de un ser humano la vivencia de una "psicosis". Un grito en la oscuridad, ante la soledad y el abandono social, y como meta, el saber qué es lo que lo tiene prisionero. Inocente y terrible a la vez, el infierno de Jerónomo.
El Quinto Sueño
DIARIO DE UNA EZQUIZOFRENIA
Jerónimo del Río
Si, si; desprecia a la razón y a la ciencia
supremo recurso y esperanza del hombre;
deja que la mentira te alucine y te extravíe
con sus ilusiones y hechizos, y habrás caído
en mi poder sin condición alguna
Mefistófeles
Tengo veintitrés años, mis recuerdos se posan sobre los tejados de colores que se muestran ante mis ojos en éste blanco y viejo edificio, que tiene las ventanas protegidas por gruesos barrotes. El alboroto, inunda las ventanas de manos desnudas que asoman sin ningún sentido. En una de esas ventanas me encontraba yo, mirando desde la planta de psiquiatría sin ser conciente del viaje al que había sido invitado. Mi libertad, no hubo comentarios. Una enorme habitación con ocho camas compartidas por veintiún días, diagnosticado de un episodio psicótio paranóide. Se abrió una puerta en la habitación más grandes y desconocida, que dejaría en el pasado mí vida, familia y amigos. Han pasado casi veinte años. Como terapia, reviviré el poema y además lo haré, en la voz de alguna de las mujeres que conocí. Quizás contar como llegue a tener las que son hoy mis trés madres. Todo lo anterior, mi primera foto.
Vivía en casa de mi abuela Esmeralda, una mujer delgada de origen italiano que aglutinó cuatro generaciones, participando como voluntaria de la cruz roja y socia del club de jardines, sostenía sus valores a cualquier precio. Había puesto sus ilusiones en verme entrara a estudiar en la Escuela de Diplomacia, un sueño que se hizo imposible. Empecé a ser victima de lo que para el mundo que me rodeaba significaba ser un esquizofrénico,
No pude evitar abandonar mi ciudad, con todo lo que poseía, lo necesario, mi moto y una maleta, rumbo al norte, una sentencia de muerte cumplida recién a los veintitrés. Deseaba continuar mis estudios. Mi primer año en casa de mi hermana mayor, Ana María, hija de mi madrastra carmen, una mujer de un carácter inabordable, el impulso necesario para abandonar su confortable casa. Cuando terminé mis estudios, alquile un apartamento, situado en un barrio donde había pasado mi niñez. Así en la calle de mi primera infancia, trate de construir mi primer hogar. Me conducía el encontrar algo de tranquilidad, tranquilidad interrumpida en mi primer día por una graciosa vecina española, que vino a pedir azúcar. Fue mi primer encuentro amoroso en esta mi nueva estancia. Le siguió una psicóloga, que huyo espantada tras mi tardía confesión, incrédula ante lo que mis palabras revelaban, por la crueldad de un diagnostico. Se abrió el camino del silencio, el silencio que envolvió la lista de mujeres que siguieron a la anterior. Tengo veintinueve años. Mi familia pasa las navidades en Londres.
Inocente con la muerte en los talones, discurre el tiempo. Regreso al sur. Herido por el destino, intento encontrar una respuesta en las manos de los médicos que me habían tratado, ¿qué tenía realmente? ¿Como defenderme de este cruel castigo?
Me puse en manos de mi primera psiquiatra, Jacqueline una atractiva y delgada mujer de unos cuarenta, quien accedió a mi solicitud de exámenes, test, scaners, pero nada arrojo luz, lo único, unas palabras de consuelo, ambiguas posibilidades, que no aliviaron mi sueño, una enfermedad sin verbo. Una terapeuta, francesa, me recomendó salir al extranjero una temporada, el peso de la enfermedad era muy grande, debía marcharme lejos.
Regreso al norte y me pongo en contacto con una agencia de viajes de la capital, una hermosa casa de tres plantas, que esta rodeada de pequeñas boutiques, donde trabajaba Milady, mi madre putativa, la que me ofreció un contacto personal como alternativa. La conocía desde mi infancia, vivían en una enorme casa, ella sus hermanas, su madre y su hijo. Cuando fui a verla, Milady mi madre putativa, me contaba que se sentía la mujer más feliz del mundo, había conseguido que su hijo, de un matrimonio que se negó a prosperar, ingresara en la Escuela de Diplomacia. Tres días después me llamaron para incorporarme a trabajar en el World Tarde Centre. Pero no seria esta la respuesta, mi desolado mundo se presentaba como una cárcel, me sentía como un ruiseñor enjaulado en una cárcel de la que no se podía escapar. Decidí seguir el consejo de la terapeuta francesa, viajar a Europa por unos meses, la casa de mi madre biológica, seria un buen sitio donde descansar de la sombra que me asfixiaba. Que alegría, con que ilusión fui recibido, estaba feliz, como un niña chica, yo encantado. Me llevo a todos sus rincones, me presento a todos sus amigos. Llevaba casi diez años sin verla, así que accedí, necesitaba descansar. Pase seis meses inolvidables junto al mar, los nuevos amigos, incluso el amor, pero esta quietud no podía durar tanto, debía continuar mi camino. Inglaterra sería un buen destino, la casa de mi hermano menor y Esther su mujer. Destino Londres conquistar la ciudad de mis sueños. Me encontré en chelsie, una hermosa y clásica barriada londinense, en la que tenían un apartamento. En estas mis primeras horas las pasé, siendo introducido por mí cuñada frente a dos capuchinos, en unas casitas pintadas de alegres colores que había en este bello barrio. Esther inglesa de origen jamaicano, se dirigía a mi como si fuese su hermano, por lo que sentí que mi decisión de venir, desde un mundo pequeño a este mundo grande, había sido la correcta. Esa noche fuimos a cenar y terminamos en una fiesta privada. Londres estaba a mis pies. Había sido introducido como cualquiera hubiese deseado.
Mientras estuve, no deje de sorprenderme, aun lo hago. Conocí la ciudad en bicicleta, absorbido por la sus museos, pubes, el metro y el amor de la mano de una española que trabajaba en la torre de Londres. Fui como decía, totalmente adsorbido por la vida inglesa y por la que decía ser mi hermana Esther. Invitado a participar de su mundo, viajamos a una propiedad, que tienen en el sur de Inglaterra, Cornwall. Esa noche dormí en medio del campo, pero tuve que despertar y tomar la decisión de regresar, debía reencontrarme con mi vida personal, debía hacer lo que yo tenia que hacer, no podía rendirme tan pronto, no había ninguna señal para que me pudiese quedar tranquilo, debía tomar por asalto la ciudad, buscar una casa donde estar y un trabajo con el que mantenerme. Conseguí ambas cosas, la casa de una mujer chilena Pilar, que tenía una casa dedicada a dar alojamiento a extranjeros y estudiantes, una mujer dulce pero severa, sobrina de mi tía luisa, la hermana de mi padre. Le costaba entender que los “niños” tuviesen que pasar por esto, así me lo decía cuando veía con sus ojos lo que aparentemente percibió en los míos. Atrapado por mi salud, me vi obligado a regresar, mi mente se desmoronó tan rápidamente que tuve que volver a málaga. Mi entorno se había vuelto agresivo. ¿Que mundo era este? Tengo treinta y dos años.
Disfrute las ultimas semanas con mi madre y me encontré una vez mas regresando, no había descubierto mas que debilidades, ninguna respuesta. Regreso, a lo que fue un día un recuerdo feliz, los años pasados como universitario, construidos dentro de una hermosa y verde isla. No había gastado mis cartuchos, sabia que estaba en el punto de mira de algo, no dejaría de luchar.
No mucho después, empecé a sentir la necesidad de casarme y formar una familia, pero donde encontrarla. ¿Que ilusas circunstancias rodearon mi decisión? Había estado enamorado, pero casarse era algo a lo que siempre me había resistido. Decore toda la casa, una cabaña a orillas del río, rodeada de cinco mil metros de jardines y Claudia Paola, entro por primera vez en este escenario. Cuando la conocí trabajaba como secretaria, parecía que nunca hubiese trabajado, le propuse ir a comer, ella aceptó, y así comienzo, mi intento de hacer realidad mi siguiente proyecto. Se la presente a mi familia y se vino a vivir conmigo, la foto estaba completa. Una mujer de veinticuatro años, de belleza europea, blanca, rubia y emparentada con una familia española. Claudia era una mujer muy bien relacionada, quizás estaba demasiado bien relacionada. Todo era licito, convencida que su padre era el mismo demonio. Con un montón de proyectos pendientes, se hizo presente el pasado de claudia y mi mundo empezó a tambalearse al mismo ritmo, tuve que elegir en seguir el mundo de claudia o el mundo mío. Escribí una carta de despedida y una mañana partí al aeropuerto. El primer vuelo a málaga, el pasaje más caro, a un mundo que se veía enorme, huyendo de mi pasado. Horas después en el aeropuerto Pablo Ruiz Picasso de málaga. No tenía ni para pagar el taxi. Tengo treinta y cuatro años.
Era un atardecer cuando el taxi me deja frente a la casa de mi madre, nos encontramos en la puerta, estaba seria, creo que hasta la vi. fea, ¿que pasaría por su cabeza? Me encontré frente a lo que un día fue un oasis de amor. Lo que desconocía se imponía, incluso ante los ojos de los que más quería. Mi condena se empezaba a cobrarse los primeros frutos de una vida. Destino Alemania, un puente en la siguiente carretera. Escala en Paris, una pierna escayolada, una maleta grande, mi traje príncipe de Gales Cristian Dior, buscando el Hotel más barato. Conocer la ciudad mujer. Siguiente y última parada Bilefeld, Alemania. ¿Cómo no perderse entero en una foto fantástica? Pero esa noche dormí en un apartamento de otro hermano, quien durmió en el suelo las tres semanas que estuve en su casa.
Cansado, frágil y descorazonado decidí regresar a málaga, a la costa del sol.
Debía permanecer cinco años fuera del país, una medida que nunca quise tomar, pero que debía que pagar. Cuando pasaron, aun guardaba añoranzas por volver, sentía que aun quedaban ruinas que reconquistar. Mi hermano mellizo me quito toda esperanza, habían aumentado al doble la condena de mi exilio económico. Ya no había espacio para el pasado. Tengo treinta siete años, el tiempo se me viene encima. ¿Como recuperarlo? Que prisión más cruel, que abandono. Nada me daba una señal soberana, de como tratar mi realidad, la huella del campo, estar atento a las señales. Desvío a la siguiente curva. Un trabajo de vendedor en una agencia inmobiliaria, en la que a los pocos meses asumí la gerencia de una sucursal. Fuimos líderes un tiempo.
Y apareció como predestinada Maria. María se teñía de rubio y enseñaba sus formas, intensas, osada, tierna, se dejaba caer temprano por las mañanas, en el piso que alquile en la zona antigua de una ciudad casi musulmana, venia porque disfrutaba, se reía y de vez en cuando conversaba. Le pedí que me trajese algo escrito, cada vez que viniese verme. ¡Que perfección! Me dedico un libro para que me acordase que aunque el mundo se destruya siempre seria mía. María, su blanco cuerpo que se agotaba encima mío. Se reía al salir, preguntándose ¿y ahora que comía? Le siguió, una mujer de ideas fijas, que se empeño en tener una aventura conmigo, se propuso venir, mañanas y tardes, siempre había una excusa. Una pelirroja alta, de buena figura y de gran carácter, lo único que no me enseñó. Por ahora lo único que veo claro son mis relaciones sentimentales, el placer de la piel, en el espejo de los deseos.
Mi piso no era como el resto, lo único recto eran las puertas, era imposible dormir, rodeado de bares de copas, todo el caos presente en mi soledad, que buscaba una salida, que contentara mi pasado, que proyectara un futuro. Pasa el tiempo del reloj que no avisa, no veo el rostro que me arrastra. Tengo treinta y ocho años
En el trabajo había tocado techo, bien pagado pero sin contrato, decidí independizarme. Al terminar mi jornada de trabajo, tras mucho cuestionamiento terminé en brazos de una mujer de pago, todo dudas, todo censura, que terminó en la habitación con una chica que no recuerdo. Ese mismo destino, como pago del cielo se mostró esa misma noche, en una foto de otro mundo, en una oscura esquina. Rodeadas de putas negras, sentadas en la calle más triste, se presentaron ante mí, sin haberse insinuado, la soledad y la pobreza. Tan bien pintada, tan grande el misterio, que me la llevé a casa, a mi casa romana. Delgadas, delegadas como en pasarelas, blancas, muy blancas, una de pantalones blancos ceñidos, la otra celestes, tacones altos, rubias, en cuclillas en esa esquina, vestidas como princesas que se esconden, se mostraban ante mi, vestidas con sus peores ropas. Era más soportable, que lo que el mundo me mostraba. Donde situarse, ¿quien era el dueño de mi sueño?
En mi casa a partir de ese instante nada será gratis, la calle, la calle era la noche, ella era la que pagaba. Los sentimientos tenían precio y lentamente me vi pagando un precio ajeno, el amor a las verdades. En esta casa donde todo tenía un precio, aprendí y compartí todo sobre lo que las amarraba a este mundo, su adicción a la heroína, su mundo más íntimo, el escudo donde dos mujeres se escondían. Como espectador vi como se derruye una vida tras otra, por justificar lo más intimo. Tal dolor ajeno, tan profundamente doloroso y cruel que llore las puertas de la catedral, para entender que el amor se esconde donde no podemos verlo. Cuando pasaban los últimos día del primer año de los dos que viví con ellas. Decidí en mi silencio, trascender, sin dejar ninguno signo de fatiga. Acompañado por mis últimos poemas y una foto, dormí tres días, intentando clamar al cielo, para despertar en el mismo sitio, sobre mi alfombra, con las dos chicas una a cada lado mío, durmiendo mi sueño profundo, bajo un edredón rojo, miércoles de resurrección.
Como dejando mi pasado en un baúl, cuido el amor aprendido en palabras de la rubia mayor, pero en el cuerpo de la menor. Me decían, para ti lo mejor, ¿ esto lo que tu querías?, como enseñando lo que es el amor depositado una sola vez, por imposibilidad de repetir el acto mas puro y perfecto. Aprendí el otro amor en manos de quienes me enseñaron, en esta descuadrada casa. Tuve que despedir a la mayor en un centro de detención para mujeres extranjeras. Su último abrazo entre rejas, me dio un beso, y se despidió llorando diciendo, yo si te quiero. La otra llego a tres detenciones, dejo la droga y se puso a estudiar, de vez en cuando la veo. Tengo treinta y nueve años.
Mi situación económica era lamentable, parecía un barco pirata amarrado en un interminable puerto. Me estiro en mi cama y revivo mi época de patrón. Todo ése sol entrando por mis ventanas, bañando las paredes pintadas de amarillo. Cerrar los ojos y escuchar la música del verano, mas gentes que en carnaval y con la música mas fuerte. Ahí estaba de pie, jeans ceñidos con incrustaciones metálicas, mirándolo todo, con los pechos más perfectos y su pelo rubio, así me lo repetía cuando Eva entraba en mi habitación, Vivía en san Petersburgo, mi enésimo puente que contar. El sol se filtraba por los cristales, ese calor en la cara, el azul en mi mente, rodeado por una enorme cantidad de libros, de cosas que atesoraba. Invadido por un enorme quitasol, una cama enorme y mis cosas. Nada al azar, meter la cabeza en otro mundo, cuanta caras cuantos nombres, que lejos estaba, me daba cuenta y me asustaba y Eva se daba cuenta. Pero no se podía quedar, estaba tan pobre que estaba comiendo en un restaurante público. La Casa del Transeúnte, donde comían toda una generación de hombres y mujeres, vigilados por la policía. Los domingos al mercadillo, siempre encontrando alguna antigüedad o curiosidad con la que seguir decorando mi piso. Ropa en una casa de caridad de unas religiosas marianas, la llamaban la buena ropa, era espantoso. Cuando quería ducharme con agua caliente y afeitarme, lo hacia en una Parroquia de peregrinos, gentes con la que compartí una buena amistad, gente educada pero de pocos recursos. El único con vivienda era yo, un refugio para Mexicanos, cubanos, rusos, argentinos, chilenos, ingleses, checoslovacos, artistas, misioneros, saltimbanquis y refugiados. Todos intentando alejarse de este mundo. Laura me lo recordaba siempre que venía, una chica del norte que vivía en la casa de una prostituta. Había vivido del tatuaje aprendido en Italia, grandes y perfectos dibujaban en su cuerpo una maquina de hacer tatuajes, un crimen perfecto. Una chica de veinticuatro que se ganaba su sustento tocando la flauta en las puertas de una iglesia. Estaba dejando la droga, su dolor parecía desaparecer con el paso del tiempo, tuve deseos de vivir con ella, pero debía poner orden en vida, mi baúl empezaba a estar pesado ¿por donde empezar? Las habitaciones ocupadas por camas improvisadas, invadido de visitas nocturnas y ninguna señal en el lienzo a mis pies. Tuve que poner una sombrilla al cielo y conseguí que desaparecieran todos, menos uno que aguanto mi ira, un joven profesor de educación física, que escapaba del conflicto en chechenia, un instructor que solo venia a dormir, el resto del tiempo nos encontrábamos en la calle o en la biblioteca. Le permití quedarse a proteger, lo que el llamaba su territorio, el rellano de mi puerta, le recoré que existía la propiedad privada. Durmió siete meses en ese rellano, entrando solo para usar el baño. Tantas veces lo quise echar, pero ambos sabíamos que esto era una realidad. Sin luz, con los cristales rotos, el alquiler impago, pasamos un largo y frío invierno. Sabíamos que el estado español no vendría a socorrernos, sin papeles y sin trabajo, la situación se hacia permanente. Finalmente encontró una chica ucraniana que escapaba de las mafias que la trajeron, se fue con ella al norte, quedó embarazada.
Finalmente solo una vez mas. Había exigido al máximo mi realidad monetaria, todo lo público. Supe entonces que debía prepararme a esperar, en compañía de la luz de las velas, que me conseguía en la Cofradía del Cristo de la Buena Muerte, que alumbraban una maquina de escribir que me la regalo la calle, ruidos de maquina, como testigo de los años pasados en esta ciudad encantada.
Distanciado de mi familia, y con una nueva madre, presentada a la anterior por necesidad de la historia, se perfilara a espaldas mías un nuevo camino, que proviene del dolor, de mi silencio, de la distancia. Vestido de negro con mis botas de suelas gastadas, chaqueta a cuadros rojos, quemada por el sol y el recuerdo de mis compañeros, en este largo viaje fui detenido por la policía e introducido en una ambulancia camino al encierro forzoso, absorbido por la realidad obligada. Una semana sentado al sol, rodeado de gentes, invadidos por palomas de un pequeño jardín, fui dado de alta para regresar a mi triste apartamento, no estaba loco.
Debía borrar toda huella de la historia vivida aquí. Mi tesoro se mostraba inmaculado, en el que casi no faltaba de nada, dispuesto para ser enterrado a buen recaudo. El apartado de los corazones rotos, me enseña una foto, la miro como se miran los atardeceres, sin querer y una vieja amiga se hace presente, se desliza de su centralita, camina, se gira, alta hasta él limite, sonreía sobre sus largas y hermosas piernas, toda ella se colaba en mi pasado. Conducía como si tuviera un permiso celestial. No salí de paseo con ella, ella salió de paseo conmigo. Sara era una mujer casada, me hablaba de su hijo, su dormitorio, dormía en camas. No me dio detalles, ni me lo explico, Sara lo sabia, como sabia que estaba por llegar su marido. Nos obligo a permanecer los tres en el salón, cuando ya era desagradable, le pedí que me llevara a casa. No deje que me siguiera utilizando para sus fines, pero Sara sufría, sufría su mundo, lloro todo el viaje de regreso. Su dolor, su silencio. Ahora en mi cuarto blanco miro esas fotos como sacadas de otro mundo, como personajes ficticios, de una vida que se veía lejana, como si no fuera mía. En mi salón, habían desaparecido los esgrafiados dejados impresos él la pared, hechos con la puta de un cuchillo. Cada explicación, incrustada en pequeños surcos en la seca pared pintada de amarillo, hasta dejar una huella completa, mi historia del tiempo, recubiertos por una fina capa de esperma derretidas como lagrimas en una botella, que fueron hechas a la luz de unas velas, en mis solitarias noches, en algún plano del tiempo. Ahora, las paredes estaban blancas, sin huella alguna, todo estaba en mi cabeza. Solo en una montaña rusa, esperando con los brazos en alto, mirando mi baúl, en compañía de los colores que entraban por las ventanas.
Tantas maletas de viajantes que se marcharon sin pasado, que no me quedaban documentos propios. Dos maletines escuálidos, una cama grande, ningún vecino, aislado en el vértice del universo, en el que no había ningún precio que pagar, ¿donde guardaba el tiempo mis cosas?, ¿en que rincón del mundo? Todo menos las marcas en mi cara, hechas por la mujer que enseño su amor, marcas de quien no soportaba que nadie fuera mejor, ni en la calle ni en el amor, no decía nada, me quedaba la cara llena de marcas, parecía un contagioso. Así me quería ver cuando la veía de noche. Un ruso más en las largas noches en esta escondida ciudad, jugando un juego perfecto. Con su inalterable ropa interior negra sentada encima mío, hablando de cosas, de cosas irrelevantes, mientras me acariciaba con su hermosa y larga cabellera. Siendo devorado lentamente en su juego. Todo a caballo en esta habitación que se mezcla, como mundos sin ciudades, sin soles, ni estrellas, ni mares, alejándome del mayor drama permitido. Se había detenido uno de mis riñones, en mi sangre corría la misma sombra que en mi tercera madre y me despertaba en un mundo fresco, con marcas imborrables, mi realidad más perfecta, la no deseada, pero estaban todos y todas, tenia mi propio universo, que se sostenía en la consecuencia de lo andado, así se veía mi blanca habitación. Solo una pequeña, marca roja, sé perfilaba en mi mundo, rojo de una cacería. Veo el rojo saliendo de la nariz, de la ya mi tercera madre, estirada en la cocina, con su ropa interior negra, todo su cuerpo con las marcas, hechas una a una, cada vez que regresaba de la calle. Pálida, como cuando yo clame, al cielo mío, nos encantamos allí, en la cocina. No seria su hora, que osadía compartida. Mi hermosa visita, llamando al cielo por una nota, una detención domiciliaria, una sentencia no cumplida. Ahora, se mostraba la loba que gritaba más fuerte, la grande. ¿Permitiría tanta imperfección mi nueva realidad? La historia contada a través de mis ojos y mis impresionados sentidos.
Pero todo cambió semanas después me encontré como engarzado en la vivienda de un profesor de clarinete, pensionista por una enfermedad mental, que requería la compañía, como única posibilidad, de recuperar su estado físico y mental, su abandono. Se presentaba como compensación a los cuidados requeridos. No tendría que pagar por mi estancia y vi en ello, una compensación justa. Era una piso invadida por televisores, equipos videos, pianos, discos compactos, repartidos por toda la casa. Un sofá a cuadros pequeños blancos y azules, una vitrina a juego con los muebles. El piso en ciudad jardín, al norte de la ciudad, calles angostas salpicadas de caserones con aires coloniales. Tuve la sensación de que se había detenido el tiempo. Mi cuarto se limitaba a una estrecha cama que compartía con un ropero de madera enchapada, una cómoda con un enorme y viejo espejo, y unas cortinas gruesas de color mostaza. Nada donde reencontrarme con el pasado. Mal vestido y de aspecto desaseado se esforzaba por hacer cómoda mi primer día. Tarde pocas semanas en sentirme, cómodo en su rutina, caminando lento ajeno al bullicio de la ciudad, se quejaba de cada salida, cada comida hecha en un de centro de acogida, al que lo obligaban a ir a hacer todas las comidas, que pagaba con su holgada pensión, pero se quejaba todos los días del sistema que lo tenia prisionero. Pronto me di cuenta que la decisión tomada había sido adecuada, mantenía cierta independencia y tenía mucho tiempo libre. El viaje de regreso se perfilaba ante mis ojos. No imaginaba aun lo que me depararía mi destino, era inmensamente inconsciente de lo que descubriría los próximos meses. Mi compañero de piso, un ser que carecía de cualquier habito de aseo personal, tardaría muchos meses en poder estar en condiciones de defenderme de su mundo. No quería que me fuese, no eso no, no estaba dispuesto a soportarlo, me había transformado en una personaje imprescindible para él, me aseguraba que no repetiría el acto cuestionad. Obligado a soportar la situación como victima de un fin ulterior fue pasando el tiempo. Nuria seria la única mujer que mantenía cierta amistad con mi compañero de piso, la única mujer que no formaba parte del sistema que nos supervisaba. Una mujer joven de algo más de treinta años, viuda y con dos hijos pequeños. Las otras mujeres que rodeaban la vida de mi compañero de piso, las veía los jueves. Temí quedarme aquí por demasiado tiempo.
Conseguimos renovar su viejo piso. Cada cosa nueva vuelta a ser desordenada, no soportaba ser dejada al azar, imponer la vida domestica, ducharlo, afeitarlo, vestirlo, con la ayuda de una chica extranjera, que no necesito mucho tiempo, para tomarle el pulso e imponer cierto orden. La victima de esta invasión, lo soportaba con resignación. Nuria, me aseguraba que me estaba ganando el cielo, una sensación placentera, pero seria este mi camino, ya había cumplido mi tiempo de exilio económico y se presentaba como una opción paralela, donde poner el justo peso en mi vida y la de mi compañero. Mis sentidos me mostraban la senda, como una baraja de cartas, el destino lo decidirá. Recupere el contacto con mi madre biológica Erna, quien en su desesperación, me lanzo a esta realidad, que parecía sostenerse.
Imaginaba a mi compañero encerrado en un manicomio de finales del siglo dieciocho, aislado, junto con neuróticos, trastornados, por considerles seres poseídos y contagiosos. Pero el no parecía sufrir, era feliz con su compañía, solo se quejaba de la asociación, una realidad para locos. ¿Quien lo escucharía para aplacar su verdadero dolor? Empecé a conocer al verdadero enfermo, escuchar una y mil veces los malos recuerdos vividos hasta los veintisiete, relegado a la ultima categoría de sus padres. Huérfano desde los treinta, sólo en el mundo. Tiene cuarenta y tres años, sólo nos llevamos unos días. Demasiadas coincidencias para no sacar conclusiones
Mi actitud ante lo que tenía en frente, cambio para siempre, me propuse averiguar que no se había dicho aun en salud mental. ¿Cómo podía ser que todos los médicos fuesen incapaces? que la única respuesta era la exclusión forzosa. También tuve deseos de escapar, salir de su realidad, del aislamiento pero creía que aun no había terminado mi función, mi compromiso con mi compañero de piso, faltaba el elemento decisivo. Durante unas breves vacaciones coincidí con una antigua amiga, estaba igual que siempre, la encontré en el portal, paseaba a su perro, estaba pendiente de una película que daban en televisión, por lo que hablamos poco. Cuando la conocí, se movilizaba en moto, salir con ella fue como sentirme en casa, tenia un encanto especial, era una gran conversadora, rodeada de amigos dejaba claro que la vida para ella sé hacia en la calle. Esa noche cuando le pregunte que estaba haciendo me contó que la habían jubilado por enfermedad mental. Se disculpo si antes había sido extraña, pero no había nada que disculpar. Nos despedimos de un beso, apoyo sus hermosos pechos contra mí y nos separamos.
Finalmente de regreso la realidad se impuso una noche, mientras navegaba en busca de la explicación inteligente, una verdad simple, una frase que siempre estuvo escondida. ¿Veinte años de oscura ceguera?
Desde inicios del siglo veinte los tratamientos consistían en tratar, al enfermo mental maltratándole, haciéndole responsable de todos sus problemas y los que traban bien al paciente, haciéndole irresponsable de todos sus padecimientos. Estaba claro que no había habido dialogo. Como un gran rompecabezas se perfilaba el drama. Asumir la perdida y desaparecer como en un espejo. Pero empecé a entender, y a volar y veía ceros y veía unos que nunca sumaban, y sentía olores fríos y seguí viendo como entraba luz a través de mis antiguas ventanas, y empecé a montar una maquina de sumar. Todo el tiempo ajeno a la principal característica de mi enfermedad, si existía, era la ausencia del sistema de represión. El subconsciente abierto al cielo, sin sistema de represión, me sentí como un clon. ¿Qué tendría en común con mi compañero de piso?, ¿que era tan evidente? Ciego en un oscuro universo que se mostraba como una borrosa imagen, en la que el personaje principal era casi un fantasma. Un jaque al rey, el a llegado tu hora, donde mis ojos serían como los ojos de un espejo, inertes ante las sensaciones ajenas. ¿Como no volverse loco?
¿Como reconstruir las palabras de amor? Claras aguas que se tiñen de gris. Miraba mi escritorio, los libros que parecían inertes. Mi vecino, transformado en otro fantasma, que no decía nada, ajeno e incapaz, negando su diagnostico, la sentencia puertas afuera. El baúl de los tesoros estaba lleno, ¿donde esconderlo?
En el abogado del diablo, nos previenen que estamos aquí para aprender a morir, como no negarse ante ese panorama, ¿como una cárcel tan cara? Decidí no pensar en la derrota. Como desearse tanto mal. Si tuviese que tomar las mismas decisiones de mi pasado, creo que no habría tomado las mismas, habrían sido mejores, no distintas. Lo que nos une, es nuestra moral inmortal y nuestro comportamiento aquí.
Los dos desafiando al sistema, templados al sufrimiento humano, sin armas y absolutamente absorbido por el sistema, recordándonos permanentemente que estás enfermo, que el derecho a vivir no esta reconocido, mas que como minusválido psíquicos en una escondida procesión. Que dolor el no ser reconocido ni acompañado. Los dioses griegos llaman a los valientes ante la muerte.
Una casa que se desmorona. Pronto soplaran vientos de cambio, la imposición de la realidad, la continuidad del silencio, mi compañero de piso sufre una embolia y es trasladado a una residencia. ¿Como imponer un poco de cordura en esta foto? La verdad no se presenta en toda su magnificencia, solo asoma un breve instante y la oportunidad ya estaba llamando a mi puerta. ¿Como resumiría estos meses de búsqueda? Como invadido por una pesadilla que arrastras por años y que finalmente le miras a los ojos. Me siento invadido por un sentimiento de soledad, defendiendo posturas como actos de fe.
La cura es saber el origen de esta enfermedad y paliar los síntomas, la razón de ser. Había descubierto, una posible explicación a mi mal, la puerta del jardinero, mañana habrá otra mejor, pero eso no es lo importante. Es la ocasión de superar al enfermo. Las joyas de mi tesoro, las telas que cubren las vidas de quienes vigilan mi libertad. Siento que no podré avanzar hasta descubrir que me tiene prisionero, mirar desde adentro hacia a fuera y escribir un poema que luego pueda leer, si seguramente lo haré entre corazones rotos y quizás tenga tiempo para reencontrarme con mi perdida vida y continuar un viaje amarrado al palo mayor, en este viaje que parece no terminar.